Dos destinos se cruzan en el sendero de la memoria histórica de Guatemala: Mateo Pablo, sobreviviente maya de una de las numerosas masacres perpetuadas durante la reciente guerra civil, y Daniel Hernández-Salazar; artista y fotógrafo guatemalteco cuyas obras escrutan y denuncian las violaciones de los derechos humanos. Viajando juntos por el altiplano, visitan el lugar que había ocupado la comunidad maya de Petanac. En ese lugar experimentó un vuelco la vida de Mateo, cuando en 1982 el ejército guatemalteco torturó y asesinó a su familia y a sus vecinos dejando el pueblo reducido a cenizas. Sin embargo, la memoria persiste. En las comunidades mayas los sobrevivientes de las masacres se reúnen alrededor de las fosas cavadas por los equipos forenses; los arqueólogos desentierran pacientemente los huesos de los desaparecidos en lugar de tesoros de la antigua cultura maya. Una vez descubiertas, las osamentas cuentan su propia historia muda de agonía y de terror.